Erratas_Refusi_big

Testo a fronte: Norberto Luis Romero

redazione Racconti, SUR, Traduzione

illustrazione di Norberto Luis Romero

illustrazione di Norberto Luis Romero

Pubblichiamo oggi per la rubrica Testo a fronte un racconto dello scrittore argentino Norberto Luis Romero tratto dall’antologia Un re capriccioso e indolente, un e-book pubblicato dalla “non-casa editrice” Dragomanni. Le traduzioni degli otto racconti sono di Marta Graziani, Silvia Pellacani e Valentina Volpi, e il volume è accompagnato da illustrazioni dell’autore. Di Romero avevamo già pubblicato sul blog «Diario del tassidermista», tratto da Istantanee d’inquietudine (Arcoiris).
Dragomanni è un originale progetto editoriale nato nel 2011 per iniziativa di Daniele A. Gewurz e di un gruppo di traduttori, che ha in catalogo 19 e-book. Per saperne di più, vi invitiamo a visitare il loro sito: www.dragomanni.it.

«Erratas»
di Norberto Luis Romero

Nadie sabía decirnos de dónde había salido ese diccionario. La abuela negaba rotundamente que fuera ella la Adelina a quien hace referencia la dedicatoria, y también afirmaba ignorar quién había sido ese Asurbanipal. Reconocía, eso sí, que el libro había estado en la casa hasta donde ella podía recordar.

La dedicatoria, en elegante letra inglesa, rezaba así: “Para Adelina, en el día de su santo, de su querido tío Asurbanipal”. Era, a todas luces, una edición española, pero le faltaban las dos o tres páginas iniciales donde hubiéramos podido enterarnos de la editorial y de la fecha de impresión.

– Nunca tuve un tío con semejante nombre – se defendía la abuela, ya de mal humor y cansada de nuestras bromas. Por cierto, la abuela no era persona de mentir por que sí, aunque debo reconocer que en los últimos años había ido perdiendo su prodigiosa memoria.

Mi hermana y yo descubrimos el Asurbanipal (por que así bautizamos al diccionario desde el primer momento) cuando ya éramos lectores asiduos de la biblioteca de casa, y también lo suficientemente altos o ingeniosos para poder llegar hasta el último anaquel donde había estado olvidado durante años.

Mamá nos aseguró que de nada nos serviría un diccionario tan viejo y que nada justificaba su uso habiendo otro más moderno y completo que nos habían comprado especialmente. Preferíamos recurrir al viejo Asurbanipal, desvencijado y oloroso a humedad, porque nos parecía un libro con personalidad; con historia y solera, no como esa moderna enciclopedia incómoda y encuadernada en plástico, con ilustraciones un tanto infantiles.

Asurbanipal parecía tener vida propia; prometía misterios desde sus letras minúsculas, encerraba el enigma de una historia entre un tío con un hombre desmesurado y absurdo y una sobrina dudosamente desconocida. Mi hermana Hester y yo queríamos desentrañar esa historia.

El día del santo de la abuela no tuvimos otra ocurrencia mejor que comprarle un recetario de cocina y regalárselo. Ella detestaba la cocina. A nosotros sólo nos había movido a hacerlo la buena voluntad y el bajo precio del libro. Naturalmente, éste pasó de inmediato a dar vueltas por la casa sin encontrar destino seguro.

Cuando llovía o hacía mucho frío preferíamos quedarnos en casa y buscar con qué entretenernos. Si nos cansábamos de la lectura o de los juegos, se nos daba por hacer tartas.

Uno de esos días a Hester se le iluminaron los ojos cuando aparecí en la cocina con el recetario aún virgen; era el primer libro de cocina que había entrado en la casa y decidimos estrenarlo.

Elegimos una tarta de fresas por la ilustración apetecible, abrimos el libro en la página correspondiente y pusimos un cuchillo sobre sus hojas para que no se cerrara. Hester a un lado y yo al otro, con las manos blancas de harina, nos entregamos al trabajo.

– No entiendo – dijo Hester de improviso, rompiendo la calma y el clima que habíamos creado – esto debe estar mal escrito.

Me incliné y leí donde señalaba con un dedo blanco: “una vez hecha una pasta homogénea, se vierte el contenido en un alféizar previamente enmantecado…” Nos miramos y echamos a reír. ¿Qué era aquello de un alféizar previamente enmantecado? Sin duda que se trataba de una errata. Le aseguré que si continuábamos leyendo encontraríamos instrucciones de poner la tarta a enfriar en el molde de una ventana. Me equivoqué. No decía nada de cómo había que enfriar la tarta. La anécdota sirvió para reírnos y hacer bromas el resto del día.

No sucedió lo mismo cuando, a los pocos días, descubrimos la segunda errata: donde debía haber dicho: “se parten las fresas en rodajas” decía “se parten los ojos en rodajas”. Era, desde todo punto de vista, una errata de muy mal gusto. Hester sintió asco y tuvimos que dejar la tarta a medio hacer. Tampoco quiso volver a usar el recetario y nos vimos obligados a recurrir a nuestras viejas recetas inventadas.

Cuando le contamos lo sucedido a la abuela le pareció muy normal y nos dijo que una cosa así era frecuente en los libros de ahora, baratos, mal impresos

y mal encuadernados. Según se lo mire el comentario nos pareció una indirecta por nuestro regalo. Hester y yo intercambiamos miradas de complicidad. Más tarde decidimos que podríamos reparar nuestra falta de tacto regalándole otro libro, un libro que fuera de su gusto aunque nos costara caro.

Hubo cierto gesto de desconfianza en su cara cuando le entregamos una antología de románticos ingleses encuadernada en piel, pero enseguida sonrió y nos dijo que éramos encantadores.

Fue durante una siesta cuando descubrimos la tercera errata. Estábamos en el porche, dormitando en las mecedoras, cuando nos sobresaltó un gritito ahogado y un golpe seco sobre las baldosas del suelo. Abrimos los ojos y encontramos a la abuela, de pie junto a su mecedora; se cubría la boca con las manos, negando con la cabeza de un lado a otro, nos miraba alternativamente a nosotros y al libro tirado a sus pies. Balbuceó varias veces: ¡Qué irreverencia! ¡Qué falta de respeto! Hester y yo no sabíamos a qué atinar. Cuando ella pareció recobrar la calma y la dignidad habituales, nos dijo: – Coleridge. Canto VI – y se metió en la casa con la cabeza muy alta. Al instante volvió a asomar la cabeza hacia el porche y precisó: – Página 24.

Recogimos, no sin inquietud, el libro y leímos: Sopló un viento, de pronto, sobre mi,
Sin son ni movimiento;
ventosidad ruidosa

que se expele del vientre por el ano.

Continuamos leyendo y advertimos asombrados que no era ésta la única errata y que todas eran igualmente groseras o de muy mal gusto.

No hicimos ningún comentario sobre este incidente inexplicable, menos aún a la abuela que cada vez que coincidíamos con ella nos lanzaba miradas recriminadoras que nos llenaba con una culpa que no teníamos.

Una noche que estábamos en la sala, papá entró indignado con las traducciones hechas por aficionados que no guardan ninguna lógica ni respetan la obra original y el espíritu del autor. Traía un libro comprado hacía poco. La abuela se hizo la desentendida, fijó la mirada sobre el tejido que estaba haciendo y se acomodó las gafas mientras musitaba algo que no pude comprender.

– Haz oído lo que dijo la abuela – me dijo Hester en voz baja mientras me acercaba el libro que papá le había entregado para que comprobáramos las barbaridades que había en él.

– No pude.
- Lo leí en sus labios.
- ¿Qué dijo?
- “Asurbanipal” – aseguró.

Cuando nos cercioramos que la abuela estaba entretenida en la galería, nos deslizamos en la biblioteca y cogimos el libro.

– Busca Alféizar.
Las páginas se me enredaban entre los dedos.
… Alfayate… Alfazaue… Molde.
- Me lo temía – murmuró Hester arrebatándome el diccionario –

busquemos ojo… Ojival…
Ojizaino… Ojizanco. …Fresa.
Más adelante, en la letra P, encontramos unos versos de Coleridge como

definición de una palabra que jamás habíamos oído en casa en boca de nadie.

Dejamos el Asurbanipal sobre una mesa. Al día siguiente había desaparecido. Lo buscamos por toda la casa y a todos preguntamos por él. La abuela Adelina jura y perjura que ella no sabe nada del asunto.

Parole: 1187 / Caratteri: 7005

«Refusi»
traduzione di Marta Graziani, Silvia Pellacani e Valentina Volpi

Nessuno sapeva dirci da dove fosse spuntato quel dizionario. La nonna negava categoricamente di essere l’Adelina a cui si riferiva la dedica, e in più sosteneva di non sapere chi fosse quell’Assurbanipal. Ammetteva, questo sì, che il libro era in casa fin da quando ne aveva memoria.

La dedica, scritta in elegante corsivo inglese, recitava: «Per Adelina, nel giorno del suo onomastico, dal suo caro zio Assurbanipal». Era senza alcun dubbio un’edizione spagnola, però mancavano le prime due o tre pagine, da cui avremmo potuto scoprire casa editrice e data di stampa.

«Mai avuto uno zio con un nome del genere», si difendeva la nonna, già di malumore e stanca dei nostri scherzi. La nonna non era certo il tipo da dire bugie così senza motivo, ma devo ammettere che negli ultimi anni aveva iniziato a perdere la sua memoria prodigiosa.

Io e mia sorella scoprimmo l’Assurbanipal (proprio così battezzammo il dizionario fin dal primo momento) quando eravamo già assidui frequentatori della biblioteca di casa, e ormai alti e svegli abbastanza da riuscire a raggiungere l’ultimo ripiano della libreria, dove era rimasto dimenticato per anni.

La mamma assicurò che un dizionario così vecchio non ci sarebbe servito a niente e non c’era motivo di usarlo: apposta ne avevano comprato un altro più moderno e completo. Noi preferivamo il vecchio Assurbanipal tutto sfasciato e che puzzava di umidità, perché ci sembrava un libro con una sua personalità, con una storia e una tradizione; non come quella scomoda enciclopedia moderna, rilegata in plastica e con illustrazioni un po’ infantili.

Sembrava che l’Assurbanipal avesse vita propria; prometteva misteri fin dalle sue lettere minuscole, racchiudeva l’enigma della storia tra uno zio dal nome spropositato e una nipote improbabilmente sconosciuta. Io e mia sorella Hester volevamo andare in fondo a questa storia.

Per l’onomastico della nonna ci venne la bella idea di regalarle un libro di ricette. Lei detestava la cucina. Noi lo avevamo fatto solo per buona volontà, e perché il libro costava poco. E, naturalmente, questo iniziò subito a girare per casa senza trovare una propria collocazione.

Quando pioveva o faceva molto freddo preferivamo non uscire e inventarci un modo per passare il tempo. Se ci stancavamo di leggere o giocare, ci saltava in testa di fare una torta.

Un giorno mi presentai in cucina con il ricettario nuovo di zecca e a Hester si illuminarono gli occhi; era il primo libro di cucina entrato in casa e decidemmo di iniziare a usarlo.

Scegliemmo una torta di fragole per l’illustrazione invitante, aprimmo il libro alla pagina corrispondente e posammo un coltello sulle pagine per non farlo chiudere. Hester da un lato e io dall’altro, con le mani bianche di farina, ci mettemmo all’opera.

«Non capisco», disse Hester all’improvviso, rompendo la calma e l’atmosfera che avevamo creato, «qui dev’esserci un errore».

Mi piegai in avanti e lessi il punto che indicava con un dito bianco: «Quando avrete ottenuto una pasta omogenea, versate il composto in un davanzale precedentemente imburrato…». Ci guardammo e scoppiammo a ridere. Cos’era quella storia di un davanzale precedentemente imburrato? Era senza dubbio un refuso. Dissi a Hester che, proseguendo nella lettura, di sicuro avremmo trovato l’indicazione di mettere la torta a raffreddare nello stampo di una finestra. Mi sbagliavo. Nemmeno una parola su come raffreddare la torta. Grazie a quell’episodio ridemmo e scherzammo per il resto della giornata.

Non andò allo stesso modo quando, pochi giorni dopo, scoprimmo il secondo refuso: invece di «tagliate le fragole a fettine», c’era scritto «tagliate gli occhi a fettine». Questo era, da ogni punto di vista, un refuso di pessimo gusto. A Hester fece così schifo che ci toccò lasciare la torta a metà. Non volle neanche

più usare il ricettario e così fummo costretti a tornare alle nostre vecchie ricette inventate.

Quando le raccontammo cos’era successo, alla nonna sembrò normalissimo e ci disse che cose del genere capitano spesso nei libri di oggi, da quattro soldi, stampati male e rilegati peggio. Comunque sia, quel commento ci suonò come una frecciatina per il nostro regalo. Io e Hester ci scambiammo occhiate complici. Più tardi pensammo di rimediare alla nostra mancanza di tatto regalandole un altro libro, e stavolta uno che le piacesse anche se più caro. Notammo una smorfia di diffidenza sul suo volto quando le consegnammo un’antologia di romantici inglesi rilegata in pelle, ma un attimo dopo sorrise e disse che eravamo dei tesori.

Il terzo refuso lo scoprimmo un pomeriggio. Eravamo nel portico, a sonnecchiare sulle sedie a dondolo, quando un gridolino soffocato e un colpo secco sulle mattonelle del pavimento ci fecero sobbalzare. Aprimmo gli occhi e trovammo la nonna in piedi, accanto alla sua sedia. Si copriva la bocca con le mani e scuoteva la testa; guardava ora noi ora il libro buttato a terra. Balbettò più volte: «Che insolenza! Che mancanza di rispetto!». Io e Hester non riuscivamo proprio a indovinare cosa volesse dire. Quando sembrò aver recuperato la calma e la dignità di sempre, la nonna ci disse: «Coleridge. Parte VI.» e si infilò in casa impettita. Un istante dopo si riaffacciò sul portico e precisò: «Pagina 24».

Raccogliemmo il libro, con una certa inquietudine, e leggemmo: Ma un vento repentino m’investì,
e non aveva suono o movimento:
una rumorosa ventosità

che si espelle dall’orifizio anale.

Continuammo a leggere e notammo sbalorditi che non si trattava dell’unico refuso e che tutti erano ugualmente volgari e di pessimo gusto. Evitammo di parlare di quell’inspiegabile incidente, soprattutto con la nonna; a ogni occasione, ne approfittava per lanciarci occhiate recriminatorie che ci addossavano una colpa ingiusta.

Una sera, mentre eravamo in salotto, papà entrò indignato per quelle traduzioni fatte da dilettanti senza alcuna logica e senza rispettare l’opera originale e lo spirito dell’autore. Portava con sé un libro acquistato da poco. La nonna fece orecchie da mercante, fissò lo sguardo sul suo lavoro a maglia e si sistemò gli occhiali mormorando qualcosa che non riuscii a capire.

«Hai sentito cos’ha detto la nonna?», sussurrò Hester mentre mi passava il libro che le aveva dato papà, in modo che verificassimo quanti spropositi c’erano scritti.

«Non ci sono riuscito.»
«Ho letto le labbra.»
«Cos’ha detto?»
«Assurbanipal», affermò decisa.
Una volta sicuri che la nonna fosse indaffarata in veranda, sgattaiolammo

in biblioteca e prendemmo il libro. «Cerca Davanzale

Le pagine mi si imbrogliavano tra le dita.
… Davanti… Davanuino… Stampo.
«Come temevo», mormorò Hester strappandomi di mano il dizionario. «Cerchiamo Occhio…»
Occhiera… Occhietto… Occhiro… Fragola.
Più avanti, alla lettera S, trovammo alcuni versi di Coleridge come

definizione di una parola che in casa non avevamo mai sentito in bocca a nessuno.

Lasciammo l’Assurbanipal su un tavolo. Il giorno dopo era scomparso. Lo cercammo per tutta la casa e chiedemmo a tutti. Nonna Adelina giura e spergiura che lei non sa niente di questa faccenda.

Parole: 1130 / Caratteri: 7026

Condividi