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Testo a fronte: Abelardo Castillo

Il Testo a fronte di oggi è dedicato allo scrittore argentino Abelardo Castillo: pubblichiamo un racconto tratto dalla raccolta I mondi reali, uscita di recente per i tipi di Del Vecchio, nella traduzione di Elisa Montanelli.

«Las panteras y el templo»
di Abelardo Castillo
 Y sin embargo sé que algún día tendré un descuido, tropezaré con un mueble o simplemente me temblará la mano y ella abrirá los ojos mirándome aterrada (creyendo acaso que aún sueña, que ese que está ahí junto a la cama, arrodillado y con el hacha en la mano, es un asesino de pesadilla), y entonces me reconocerá, quizá grite, y sé que ya no podré detenerme.

Todo fue diabólicamente extraño. Ocurrió mientras corregía aquella vieja historia del hombre que una noche se acerca sigilosamente a la cama de su mujer dormida, con un hacha en alto (no sé por qué elegí un hacha: ésta aún no estaba allí, llamándome desde la pared como un grito negro, desafiándome a celebrar una vez más la monstruosa ceremonia). Imaginé, de pronto, que el hombre no mataba a la mujer. Se arrepiente, y no mata. El horror consistía, justamente, en eso: él guardará para siempre el secreto de aquel juego; ella dormirá toda su vida junto al hombre que esa noche estuvo a punto de deshacer, a golpes, su luminosa cabeza rubia (por qué rubia y luminosa, por qué no podía dejar de imaginarme el esplendor de su pelo sobre la almohada), y ese secreto intolerable sería la infinita venganza de aquel hombre. La historia, así resuelta, me pareció mucho más bella y perversa que la histo­ria original. Inútilmente, traté de reescribirla. Como si alguien me hubiese robado las palabras, era incapaz de narrar la sigilosa inmovilidad de la luna en la ventana, el trunco dibujo del hacha ahora detenida en el aire, el pelo de la mujer dormida, los párpados del hombre abiertos en la oscuridad, su odio tumultuoso paralizado de pronto y transformándose en un odio sutil, triunfal, mucho más atroz por cuanto aplacaba, al mismo tiempo, al amor y a la venganza.

Me sentí incapaz, durante días, de hacer algo con aquello. Una tarde, mientras hojeaba por distraerme un libro de cacerías, vi el grabado de una pantera. Las panteras irrumpen en el templo, pensé absurdamente. Más que pensarlo, casi lo oí. Era el comienzo de una frase en alemán que yo había leído hacía muchos años, ya no recordaba quién la había escrito, ni comprendí por qué me llenaba de una salvaje felicidad. Entonces sentí como si una corriente eléctrica me atravesara el cuerpo, una idea, súbita y deslumbrante como un relámpago de locura. No sé en qué momento salí a la calle; sé que esa misma noche yo estaba en este cuarto mirando fascinado el hacha. Después, lentamente la descolgué. No era del todo como yo la había imaginado: se parece más a un hacha de guerra del siglo XIV, es algo así como una pequeña hacha vikinga con tientos en la empuñadura y hoja negra. Mi mujer se había reído con ternura al verla, yo nunca me resignaría a abandonar la infancia. Esa noche, tampoco pude escribir. El día siguiente fue como cualquier otro. No recuerdo ningún acontecimiento extraño o anormal hasta mu­cho después. Una noche, al acostarse, mi mujer me miró con preo­cupación. “Estás cansado”, me dijo, “no te quedes despierto hasta muy tarde.” Respondí que no estaba cansado, dije algo que la hizo sonreír acerca del fuego pálido de su pelo, le besé la frente y me encerré en mi escritorio. Aquélla fue la primera noche que recuerdo haber realizado la ceremonia del hacha. Traté de engañarme, me dije que al descolgarla y cruzar con pasos de ladrón las habitaciones de mi propia casa, sólo quería (es ridículo que lo escriba) experimentar yo mismo las sensaciones (el odio, el terror, la angustia) de un hombre puesto a asesinar a su mujer. Un hombre puesto. La palabra es horriblemente precisa, sólo que ¿puesto por quién? Como mandado por una voluntad ajena y demencial me transformé en el fantasma de una invención mía. Siempre lo temí, por otra parte. De algún modo, siempre supe que ellas acechan y que uno no puede conjurarlas sin castigo, las panteras, que cualquier día entran y profanan los cálices. Desde que mi mano acarició por primera vez el áspero y cálido correaje de su empuñadura, supe que la realidad comenzaba a ceder, que inexorablemente me deslizaba, como por una grieta, a una especie de universo paralelo, al mundo de los zombies que porque alguien los sueña se abandonan una noche al caos y deben descolgar un hacha. El creador organiza un universo. Cuando ese universo se arma contra él, las panteras han entrado en el templo. Todavía soy yo, todavía me aferró a estas palabras que no pueden explicar nada, porque quién es capaz de sospechar siquiera lo que fue aquello, aquel arrastrarse centímetro a centímetro en la oscuridad, casi sin avanzar, oyendo el propio pulso como un tambor sordo en el silencio de la casa, oyendo una respiración sosegada que de pronto se altera por cualquier motivo, oyendo el crujir de las sábanas como un estallido sólo porque ella, mi mujer que duerme y a la que yo arrastrándome me acerco, se ha movido en sueños. Siento entonces todo el ciego espanto, todo el callado pavor que es capaz de soportar un hombre sin perder la razón, sin echarse a dar gritos en la oscuridad. Acabo de escribirlo: todo el miedo de que es capaz un hombre a oscuras, en silencio.

Creí o simulé creer que después de aquel juego disparatado podría terminar mi historia. Esa mañana no me atreví a mirar los ojos de mi mujer y tuve la dulce y paradojal esperanza de haber estado loco la noche anterior. Durante el día no sucedió nada; sin embargo, a medida que pasaban las horas, me fue ganando un temor creciente, vago al principio pero más poderoso a medida que caía la tarde: el miedo a repetir la experiencia. No la repetí aquella noche, ni a la noche siguiente. No la hubiese repetido nunca de no haber dado por casualidad (o acaso la busqué días enteros en mi biblioteca, o acaso quería encontrarla por azar en la página abierta de un libro) con una traducción de aquel oscuro símbolo alemán. Leopardos irrumpen en el templo, leí, y beben hasta vaciar los cántaros de sacrificio: esto se repite siempre, finalmente es posible preverlo y se convierte en parte de la ceremonia.

Hace muchos años de esto, he olvidado cuántos. No me resistí: descolgué casi con alegría el hacha, me arrodillé sobre la alfombra y emprendí, a rastras, la marcha en la oscuridad.

Y sin embargo sé que algún día cometeré un descuido, tropezaré con un mueble o simplemente me temblará la mano. Cada noche es mayor el tiempo que me quedo allí hipnotizado por el esplendor de su pelo, de rodillas junto a la cama. Sé que algún día ella abrirá los ojos. Sé que la luna me alumbrará la cara.

«Le pantere e il tempio»
traduzione di Elisa Montanelli
E nonostante tutto so che un giorno commetterò una disattenzione, che inciamperò in un mobile o che mi tremerà semplicemente la mano e lei aprirà gli occhi e mi guarderà terrorizzata (forse credendo di essere ancora in un sogno, pensando che quello lì accanto al letto, in ginocchio e con l’ascia in mano, sia l’assassino di un incubo), e allora mi riconoscerà, magari griderà, e so che a quel punto non potrò fermarmi.

Fu tutto diabolicamente strano. Accadde mentre stavo correggendo quella vecchia storia dell’uomo che una notte si avvicina furtivo al letto della moglie addormentata, brandendo un’ascia (non so perché avevo scelto un’ascia: ancora non era lì, ancora non mi chiamava dalla parete come un urlo nero, sfidandomi a celebrare ancora una volta la mostruosa cerimonia). Immaginai, all’improvviso, che l’uomo non uccidesse la moglie. Ci ripensa, e non uccide. L’orrore consisteva proprio in quello: lui custodirà per sempre il segreto di quel gioco; lei dormirà tutta la vita accanto all’uomo che quella notte era stato sul punto di distruggere, a forza di colpi, la sua lucente testa bionda (perché bionda e lucente? perché non riuscivo a smettere di immaginare il fulgore dei suoi capelli sul cuscino?), e quel segreto intollerabile sarebbe stata l’infinita vendetta dell’uomo. La storia, così risolta, mi sembrò molto più bella e perversa della versione originale. Invano, provai a riscriverla. Come se qualcuno mi avesse rubato le parole, ero incapace di narrare la furtiva immobilità della luna nella finestra, il disegno mozzato dell’ascia ora ferma in aria, i capelli della donna addormentata, le palpebre dell’uomo aperte nell’oscurità, il suo odio impetuoso improvvisamente paralizzato che si trasformava in un odio sottile, trionfale, molto più atroce poiché mitigava, allo stesso tempo, sia l’amore che la vendetta.

Per giorni, mi sentii incapace di farne qualsiasi cosa di quella storia. Una sera, mentre sfogliavo per distrarmi un libro di caccia, vidi la riproduzione di una pantera. Le pantere irrompono nel tempio, pensai assurdamente. Più che pensarlo, lo udii quasi. Era l’inizio di una frase in tedesco che avevo letto molti anni prima; non ricordavo chi l’avesse scritta, né capii per quale motivo mi riempisse di una felicità selvaggia. D’un tratto fu come se una scarica elettrica mi attraversasse il corpo, un’idea, improvvisa e accecante come un lampo di pazzia. Non so in che momento uscii per strada, so che quella notte ero qui in questa stanza a guardare affascinato l’ascia. Poi, la staccai piano dalla parete. Non era esattamente come me l’ero immaginata: assomiglia di più a un’ascia da guerra del Quattordicesimo secolo, una specie di piccola ascia vichinga con lacci sull’impugnatura e la lama nera. Mia moglie aveva riso teneramente vedendola, non mi sarei mai rassegnato a crescere. Nemmeno quella notte riuscii a scrivere. Il giorno seguente fu un giorno qualunque. Non rammento nessun fatto strano o anormale fino a molto tempo dopo. Una notte, andando a letto, mia moglie mi guardò preoccupata. «Sei stanco», mi disse, «non rimanere alzato fino a tardi». Risposi che non ero stanco, dissi qualcosa che la fece sorridere a proposito del fuoco pallido dei suoi capelli, la baciai sulla fronte e mi chiusi nel mio studio. Quella fu la prima notte in cui ricordo di aver compiuto la cerimonia dell’ascia. Cercai di mentire a me stesso, mi dissi che prendendola e attraversando come un ladro le stanze della mia stessa casa, volevo soltanto (il fatto che lo scriva è ridicolo) sperimentare di persona le sensazioni (l’odio, l’orrore, l’angoscia) di un uomo predisposto a uccidere la moglie. Predisposto. L’espressione è terribilmente precisa, ma predisposto da chi? Come se fossi comandato da una volontà estranea e assurda mi trasformai nel fantasma di una mia invenzione. D’altronde, avevo sempre temuto che accadesse. In qualche modo l’ho sempre saputo che ti spiano e che uno non può disfarsene impunemente. Loro, le pantere, che un giorno o l’altro entreranno e profaneranno i calici. Da quando la mia mano aveva accarezzato per la prima volta il rivestimento ruvido e caldo dell’impugnatura, avevo capito che la realtà cominciava a cedere, che mi faceva inesorabilmente scivolare, come da una fessura, in una specie di universo parallelo, nel mondo degli zombie i quali, per colpa di qualcuno che li sogna, si abbandonano per una notte al caos e sono costretti a staccare un’ascia dalla parete. Il creatore organizza un universo. Quando questo universo si scatena contro di lui, le pantere sono entrate nel tempio. Sono ancora io, ancora mi afferro a queste parole che non spiegano niente, perché chi mai sarebbe capace anche solo di sospettare com’è stato, com’è stato quello strisciare centimetro dopo centimetro nell’oscurità, quasi senza avanzare, sentendo il proprio battito come un tamburo sordo nel silenzio della casa, sentendo un respiro calmo che si altera d’improvviso per chissà quale motivo, sentendo il fruscio delle lenzuola come un’esplosione soltanto perché lei, mia moglie che dorme e alla quale mi avvicino strisciando, si è mossa nel sonno. Sento allora tutto il cieco spavento, tutto il muto orrore che un uomo è capace di sopportare senza perdere la ragione, senza mettersi a urlare nel buio. L’ho appena scritto: tutta la paura di cui è capace un uomo al buio.

Credetti o feci finta di credere che dopo quel gioco assurdo avrei potuto terminare la mia storia. Quella mattina non ebbi il coraggio di guardare gli occhi di mia moglie ed ebbi la dolce e paradossale speranza di essere stato pazzo la notte precedente. Durante il giorno non successe niente; tuttavia, man mano che passavano le ore, mi stava prendendo un timore crescente, incerto all’inizio ma sempre più forte via via che calava la sera: la paura di ripetere l’esperienza. Non la ripetei quella notte, né la notte seguente. Non l’avrei mai più ripetuta se non mi fossi imbattuto per caso (o forse la cercai per giorni nella mia biblioteca, o magari volevo trovarla casualmente nella pagina di un libro aperto) nella traduzione di quell’oscura immagine tedesca. Leopardi irrompono nel tempio, lessi, e bevono fino a vuotare le anfore sacrificali: questo si ripete sempre, alla fine è possibile prevederlo e diventa parte della cerimonia.

È da molti anni che succede, ho dimenticato quanti. Non resistetti: presi l’ascia quasi con gioia, mi inginocchiai sul tappeto e intrapresi, trascinandomi, la marcia nell’oscurità.

E nonostante tutto so che un giorno commetterò una disattenzione, che inciamperò in un mobile o che mi tremerà semplicemente la mano. Ogni notte è sempre di più il tempo in cui resto lì ipnotizzato dal fulgore dei suoi capelli, in ginocchio accanto al letto. So che un giorno lei aprirà gli occhi. So che la luna mi illuminerà il viso.